Los efectos adversos más frecuentes consisten en alteraciones gastrointestinales, estomatitis, rash macular de predominio en extremidades, alopecia, fiebre, y síntomas del sistema nervioso central como cefalea, cansancio y dificultad de concentración.
Un 60% de los pacientes presenta toxicidad gastrointestinal (estomatitis, náuseas, vómitos, dispepsia, dolor abdominal, indigestión, diarrea, anorexia y pérdida de peso) (McKendry, 1997). Habitualmente, estos efectos son leves y reversibles al reducir la dosis del fármaco, administrarlo por la noche, o cambiar la vía de administración de oral a parenteral (O´Dell, 1997). Se pueden prevenir y tratar con suplementos de ácido fólico. La estomatitis es mas frecuente con dosis más altas. Los estudios acerca de si el tratamiento con folatos previene su aparición dan resultados conflictivos, pero si muestran una mejor evolución de las aftas (Ortiz, 1998; van Ede, 2001).
La neurotoxicidad es mas frecuente con dosis altas (superiores a 1gr/m2). Puede manifestarse con depresión, confusión, pérdida de memoria, somnolencia, cefalea, fatiga o malestar.
Con frecuencia las manifestaciones gastrointestinales y del sistema nervioso central así como las artromialgias, y la fiebre aparecen 24-48 horas después de la administración de MTX (McKendry, 1997). Estos efectos ?postdosis? constituyen la segunda causa de abandono del MTX (Halla, 1994b).
La complicación pulmonar, no infecciosa, asociada con mas frecuencia al MTX es una neumonitis intersticial aguda. Otras complicaciones descritas son: fibrosis pulmonar, nodulosis, bronquitis con hiperreactividad bronquial, bronquiolitis obliterante con neumonía organizada, edema pulmonar, pleuritis y derrame pleural (Rosenow, 1992; Cannon, 1997) aunque, en muchos casos no está claro si estas manifestaciones, menos frecuentes, son debidas al fármaco o a la AR (Dawson, 2002).
La mortalidad de la neumonitis se estima en alrededor de un 20% (Imokawa, 2000; Kinder, 2005). Debido a que cursa con fiebre, eosinofilia, aumento de linfocitos T CD4 (+) en el BAL e infiltración pulmonar por mononucleares con inflamación granulomatosa, se piensa que es debida a hipersensibilidad; sin embargo, hay casos en los que se ha reintroducido el fármaco sin recurrencia de la neumonitis, lo que sugiere una reacción idiosincrásica (Barrera, 1994).
La mayoría de los casos se producen en los 2 primeros años de tratamiento. Los pacientes con enfermedad pulmonar previa tienen mayor riesgo de neumonitis (Imokawa, 2000; Alarcón, 1997; Golden, 1995). Se caracteriza por aparición de disnea, de comienzo agudo ó subagudo, a menudo con tos y fiebre, crepitantes bibasales, hipoxia, eosinofilia e infiltrados pulmonares (con mayor frecuencia difusos y bilaterales) (Kremer, 1997; Saravanan, 2006). La utilidad de los test de función pulmonar no está bien establecida (Cottin, 1996; Saravanan, 2006). Típicamente existe un patrón restrictivo con disminución de la difusión (DLCO) (Lynch, 1997). El estudio mediante TAC de alta resolución habitualmente revela un patrón parcheado en vidrio deslustrado con nódulos centrolobulares y linfadenopatía (Kim, 2006).
No existe un hallazgo ó test patognomónico de esta entidad. Se han publicado criterios diagnósticos que son útiles sobre todo al comparar pacientes en los estudios clínicos (Searles, 1987; McKendry, 1989) La decisión de realizar estudios invasivos dependerá de los datos existentes que apoyen el diagnóstico, y de la situación clínica del paciente. El BAL y la biopsia transbronquial pueden ser más útiles para descartar infecciones. Con frecuencia se requiere una biopsia abierta para poder establecer el diagnóstico. El tratamiento consiste básicamente en la retirada del MTX, la administración de corticoides y el manejo de la insuficiencia respiratoria. Dada la larga vida media del fármaco puede considerarse el uso concomitante de ácido folínico (Saravanan, 2004; Saravanan, 2006).
El MTX puede inducir una variedad de cambios histológicos incluyendo fibrosis. No obstante, mientras que el aumento de las transaminasas es frecuente (Songsiridej, 1990), la progresión de fibrosis a cirrosis es rara, incluso después de dosis acumuladas de MTX superiores a 5 gr (West, 1997). No se ha establecido una relación con la depleción de folatos, pero el suplemento con ácido fólico o folínico reduce la incidencia de elevación de transaminasas (van Ede, 2001). Los principales factores de riesgo son: diabetes mellitus, alcoholismo, obesidad, esteatosis hepática, hepatitis crónica por virus B o C u otras hepatopatías, edad superior a 60 años, insuficiencia renal, tratamiento concomitante con AINEs y enfermedad sistémica asociada (Erickson, 1995; Walker, 1993; O´Dell, 1997). Se ha sugerido una mayor susceptibilidad en pacientes con déficit de alfa1 antitripsina (O´Dell, 1997). La hepatotoxicidad se reduce al utilizar dosis bajas y pautas de administración semanal del fármaco (Sznol, 1987). La experiencia en AR ha demostrado que en las biopsias hepáticas seriadas se producen pocas alteraciones si se disminuye la dosis de MTX cuando se alteran las transaminasas y la albúmina séricas (Kremer, 1995; Kremer, 1996; Ros, 2002).
Se valorará la biopsia pre-tratamiento en pacientes con antecedentes de consumo excesivo de alcohol, elevación persistente de transaminasas o hepatopatía previa (Kremer, 1992; Kremer, 1994). El tratamiento está contraindicado si en la biopsia hepática aparece fibrosis acusada o cirrosis (estadios clase III-b o IV de Roegnick). Igualmente, se valorará la supresión del tratamiento en pacientes que rehúsen la biopsia hepática y presenten alteraciones persistentes de las pruebas hepáticas (Kremer, 1994).
La monitorización de las transaminasas y de la albúmina debe realizarse cada 4-12 semanas. La monitorización será más frecuente cuando se asocian otros fármacos potencialmente hepatotóxicos.
La toxicidad medular es, en la mayoría de los casos, dosis-dependiente y responde a la administración de folatos. Las manifestaciones más frecuentes, a las dosis utilizadas en el tratamiento de la AR, son leucopenia, trombopenia y anemia macrocítica, usualmente leves-moderadas, y que mejoran al reducir la dosis (Weinblatt, 1989), pero también puede ocurrir una pancitopenia severa (Gutiérrez-Ureña, 1996). El tratamiento de la pancitopenia consiste en la administración de ácido folínico y tratamiento de soporte (esteroides, transfusiones, cobertura antibiótica y factores de estimulación hematopoyética) (McKendry, 1997). Se consideran probables factores de riesgo el déficit de folatos y la macrocitosis (Al-Awadhi, 1993), los tratamientos concomitantes con otros fármacos antifolatos como la SSZ (Morgan, 1993) o el trimetropin-sulfametoxazol, las infecciones víricas concurrentes (Naides, 1995), la edad avanzada y la insuficiencia renal (Al-Awadhi, 1993, Lim, 2005).
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